Reflexiones
sobre el proceso y la eficacia de la detección en atención temprana.
Psicólogo
del Servicio de Atención Infantil Temprana (SAIT).
Ayuntamiento
de Osuna (Sevilla).
2. CONCEPTO Y ELEMENTOS BÁSICOS EN LA DETECCIÓN TEMPRANA.
3. LA EFECTIVIDAD DE LA DETECCIÓN TEMPRANA.
4. PROPUESTAS DE ACTUACIÓN Y MEJORA.
En
las líneas que siguen se analiza básicamente el marco conceptual de la detección
temprana desde la óptica de una dinámica
facilitadora del resto de actuaciones en Atención Temprana (AT).
Se señalan pautas o elementos estructurales de dicho proceso y se
aportan algunas variables y propuestas que, potencialmente, pueden asociarse con
una mayor o menor efectividad práctica del mismo.
INTRODUCCIÓN
En
el marco de acción de los servicios directos de atención al niño, tratar de
avanzar de lo asistencial a lo preventivo puede interpretarse como síntoma de
crecimiento, maduración y buena evolución en las actuaciones profesionales.
Pero, al mismo tiempo, es posible que el planteamiento de estas aspiraciones y
expectativas más “ambiciosas” pueda generar o poner de manifiesto
determinadas necesidades y limitaciones prácticas en el campo de la AT.
La
experiencia nos demuestra que es cada vez más necesario
y efectivo dirigir los esfuerzos hacia proyectos y programas que,
mediante estrategias de coordinación, establezcan criterios de intervención
claramente definidos y diferenciados por cada una de las fases de actuación de
los servicios y especialistas que intervienen en materia de AT (Díaz Maysounave,
2001a).
En
este estado actual de la AT y entendiendo la detección como una de las
fases de intervención más decisivas -sobre la que precisamente se extiende una
queja generalizada de un funcionamiento inadecuado en AT (García Sánchez,
2002)-, en este documento se exponen una serie de reflexiones en torno a dicho
proceso que proceden básicamente de la identificación y descripción de
factores contrastados a través de la experiencia profesional cotidiana.
Parece ser que ha llegado el momento de reconocer que una verdadera AT,
además de contemplar la intervención terapéutica tradicional, debe pasar
también por integrar o incorporar, en un concepto más amplio, aquellas
actuaciones y tareas que son propias del campo preventivo (García Sánchez,
2002).
CONCEPTO Y ELEMENTOS BÁSICOS
EN LA DETECCIÓN TEMPRANA
La
detección precoz en la primera infancia tiene por objeto fundamental satisfacer
la necesidad de prevenir cualquier tipo de discapacidad.
No precisando este planteamiento teórico ninguna matización, se trataría
de profundizar en su materialización
práctica. Es decir, tratar de buscar respuestas a preguntas de este tipo: ¿cómo
conseguir que la detección temprana se desarrolle del modo más efectivo
posible? / ¿cómo mejorar las prestaciones de los servicios implicados en la
misma?
Si
partimos de que la AT debe desarrollarse en condiciones de universalidad y
gratuidad, la precocidad en las actuaciones profesionales debería
plantearse como criterio de calidad, presente en cualquier nivel de
actuación y ya desde la óptica de la prevención primaria.
Sin embargo, el concepto de detección que aquí se trata, se sitúa en
la vertiente de la prevención secundaria y tiene por objetivo principal el
diagnóstico precoz de los trastornos en el desarrollo y las situaciones de
riesgo (GAT, 2000). Una vez
cubierta esta finalidad esencial, se desarrollaría la denominada prevención
terciaria o, lo que es lo mismo, el modelo de intervención propiamente en
AT, que no va a ser aquí objeto de análisis.
Este
concepto de detección o prevención secundaria en AT implica habitualmente el
desarrollo de una serie de pautas de actuación determinadas, con un sentido
claro y unos objetivos definibles. De modo que es posible establecer la
siguiente secuencia básica en cualquier proceso
ligado a la detección temprana: Desde algún recurso específico de atención
a la población infantil en sus primeras edades se plantea la posibilidad
concreta de facilitar el desarrollo de una intervención especializada (AT)
sobre el conjunto niño-familia-entorno, ante la presencia o sospecha de algún
tipo de afectación bio-psico-social
en su desarrollo madurativo.
|
Elementos
básicos del proceso de detección en AT |
|
|
Esta posible secuencia o esquema general admite algunas explicaciones de
los elementos mencionados. Así, se pueden definir como recursos propios de
detección precoz y/o temprana (A) todos aquellos dispositivos,
servicios, instituciones o agentes que, por su dinámica profesional, tienen
acceso natural y cotidiano al conjunto de la población infantil en edades
tempranas (normalmente, en el tramo de 0 a 6 años).
Como
norma general, se entiende que la mayor o menor eficacia en las
actuaciones profesionales dirigidas a la detección de necesidades de atención
temprana en dicha población infantil, dependerá directamente del nivel o grado
de formación e información de los distintos profesionales implicados en
esta materia (García Sánchez, Castellanos y Mendieta, 1998). Asimismo, serán variables significativas que afectan al
modelo de respuesta profesional aquellas que se derivan del tipo de necesidad en
cuestión. Fundamentalmente, el momento de aparición y la mayor o menor
gravedad o sutileza de la afectación que se trate.
Así, cuando la patología biológica es manifiesta o está
suficientemente documentada, la detección se produce muy precozmente y la
implicación de otros servicios de AT tiene lugar
rápidamente. Sin embargo, si la afectación es menor y las
manifestaciones de posible alteración en el desarrollo más sutiles, menos
conocidas, aún en proceso de evidenciarse o biológicamente difíciles de
diagnosticar, a menudo no se actúa con la suficiente diligencia y prevención.
En este sentido, se estima que la edad media de inicio de los
tratamientos de AT por parte de los servicios específicos o especializados de
intervención directa refleja esta dificultad. Es decir,
algunos niños llegan tarde a los recursos disponibles, siendo esta
problemática más acusada en las deficiencias menores o en las situaciones
catalogadas de riesgo, en especial las de tipo socioambiental (García Sánchez,
2002).
Entre todos los posibles agentes de detección en AT, los servicios de
pediatría, especialmente en atención primaria, desempeñan un papel crucial.
Los controles regulares del niño y su familia a través de los programas
del niño sano, son indudablemente la mayor fuente de prevención y detección
de alteraciones posibles en el desarrollo infantil temprano.
En este contexto profesional, las funciones del pediatra no deben
limitarse al control, asistencia, diagnóstico y tratamientos médicos, sino que
pueden facilitar la planificación y coordinación integrada de recursos
interdisciplinares de AT (Díaz Maysounave, 2001b).
En la tabla siguiente se expone un esquema general de los agentes más
frecuentes de detección por cada uno de los ámbitos que son competentes en la
atención de la población infantil temprana.
|
Recursos
posibles de detección |
Sector de
referencia |
|
Servicios
sanitarios prenatales (Obstetricia, Ginecología,...) |
Sanitario |
|
S. de
Neonatología |
|
|
S.
Pediatría |
|
|
Otros
servicios específicos |
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|
Escuelas
Infantiles |
Educativo |
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Centros
de educación infantil |
|
|
Equipos
de Orientación Educativa |
|
|
Otros
agentes |
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Servicios
Sociales Comunitarios |
Social |
|
S.
Sociales Específicos |
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|
Entorno
familiar |
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|
Centros
de Valoración y Orientación |
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Centros
de AT |
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|
Asociaciones |
|
|
Otros
programas |
En cuanto a desarrollar, a partir de la detección previa, una actuación
temprana específica (B), no será objeto de análisis en este documento
profundizar en las facetas diferentes de intervención que pueden derivarse
(terapéuticas, psicológicas, educativas, clínicas,... ), ni en los objetivos
comprendidos por la misma (información, diagnóstico, tratamiento, orientación,
integración, apoyo familiar, ...). Se pretende más bien, centrarse en la funcionalidad
de las actuaciones profesionales que se derivan del proceso práctico de
prevención secundaria.
Las
labores de detección comprenden intrínsecamente las funciones de diagnóstico
y derivación. El diagnóstico de mayor utilidad y en ocasiones el único
posible en AT, es el que trata de aportar una información suficientemente
amplia y comprensiva de la dificultad o problemática bio-psico-social que se
trate, posibilitando una visión genérica o cualitativa suficiente, de partida,
para iniciar una atención especializada del caso. Es lo que se puede entender
como diagnóstico funcional, que constituye la base imprescindible para
una adecuada planificación terapéutica posterior (GAT, 2000). En ocasiones, la
identificación o el estudio profundo y exhaustivo del conjunto de signos y síntomas
ligadas a la patología en su caso, o bien el análisis etiológico
pormenorizado en otras circunstancias, son aspectos paralelos o complementarios
que, sin tratar de menoscabar su valía, interés o utilidad, desempeñan un
papel más secundario en esta fase concreta de la detección temprana que aquí
se analiza. Por ello, los diagnósticos sindrómicos y etiológicos
permiten aportar información biomédica a la familia y controlar determinados
tratamientos específicos necesarios en algunos casos (GAT, 2000); pero son los
diagnósticos funcionales los más operativos y directos en cuanto a la rápida
implicación de los recursos específicos de AT.
En
cuanto a la derivación ligada al diagnóstico precoz, se supone que
aquellos recursos o agentes posibles de detección permiten, con dicha actuación,
la consiguiente intervención especializada de los servicios directos de atención
al niño en determinadas fases o etapas madurativas propicias. Aspirándose en
todo caso y finalmente a este esquema fundamental, personalmente entiendo que
debe matizarse el término de “derivación”, debiéndose ampliar lo que
frecuentemente se interpreta por dicho concepto.
Es decir, la derivación no debe relacionarse con esquemas de
pensamientos que lo asimilen únicamente a un “traspaso” de competencias, a
un “desligarse” de una situación conflictiva, como una “dejación” de
las propias actuaciones o una finalización de la misma, etc.
Al contrario, se hace necesario dirigir la atención de las necesidades
hacia una perspectiva lo más integral posible, en la que factores como la continuidad
y la coordinación estén presentes y formen parte de la diversa
respuesta profesional que se
puede ofrecer al niño y su familia
con necesidades de AT desde cualquiera de los posibles recursos o agentes de
detección (Díaz Maysounave, 2001a).
Así
pues, no se pretende que los agentes responsables de la detección temprana
finalicen su actuación profesional en AT tras una derivación a un servicio
especializado de intervención directa, sino que, en la medida que les
corresponda y en los casos que sea posible y necesario, pueda co-existir un continuo
en las actuaciones profesionales. En este sentido, parece más correcto y
adecuado aplicar la expresión de facilitar la actuación de otros
servicios de acción complementaria o interdisciplinar; evitando así las
posibles connotaciones peyorativas que pueden proceder de una mal entendida derivación
en AT.
Por
tanto, la aplicación realista y cotidiana de conceptos como los de coordinación,
integración, implicación, derivación, comunicación, seguimiento,... en
las acciones de los diferentes servicios y profesionales que interactúan en
materia de AT, condicionan directamente la calidad de las actuaciones que se
derivan de una prevención secundaria más eficaz, así como la percepción que
de las mismas obtienen los usuarios de los sectores implicados, siendo un
requerimiento cada vez más presente entre ellos (Díaz Maysounave, 2001a).
Cuando
los criterios antes señalados no son incorporados naturalmente a la respuesta
interprofesional habitual, se incrementa el riesgo de que las actuaciones
derivadas del proceso preventivo no se desarrollen con la necesaria fluidez y
eficacia. Cuando estas circunstancias acontecen frecuentemente, se
pone de manifiesto la necesidad de dirigir los esfuerzos hacia un
objetivo fundamental: Tratar de diferenciar competencias, responsabilidades y
niveles concretos de actuación profesional y sectorial. Es decir, delimitar de
algún modo cuáles son las funciones propias de cada sector de referencia en
las diferentes etapas posibles por las que normalmente atraviesa la familia que
se encuentra en situación de precisar este tipo de atención.
En
este contexto, sería de enorme utilidad poder establecer procedimientos
comunes, regulados y estandarizados, que pudieran contemplar la actuación
de todos y cada uno de los posibles ámbitos implicados (social, sanitario y
educativo) en las tareas preventivas relativas a la detección precoz. Este
planteamiento supondría partir necesariamente de un consenso técnico respecto
a una serie de cuestiones prioritarias: definir el objeto de intervención,
los parámetros a considerar y las pautas de actuación a seguir en cada fase.
Por tanto, se trataría de utilizar unos sistemas técnicos de actuación
suficientemente contrastados, consensuados y respaldados institucionalmente, que
facilitarían la corresponsabilidad necesaria en el campo de la AT por parte de
los diferentes sectores y profesionales que intervienen en cualquiera de las
etapas posibles. En definitiva, habría que abogar, una vez más, por la gran
utilidad de afianzar el estudio y el establecimiento práctico de estrategias
que potencien la coordinación y cooperación entre servicios que redunden en un
incremento de la eficacia de las intervenciones en AT (Andreu, 1996, García Sánchez
y Mendieta, 1998, Díaz Maysounave, 2001a).
Respecto al objeto de intervención (C) relativo a la detección
temprana, habitualmente se
consideran dos grandes grupos de actuación: Las discapacidades manifiestas
(físicas, psíquicas, sensoriales) y los estados previos, entendidos
como procesos evolutivos que pueden llegar a ocasionar o no una discapacidad.
Junto a estos dos bloques generales, normalmente ligados a procesos biológicos
de mayor o menor gravedad, habría que dirigir la atención sobre aquellos otros
procesos ligados a factores de tipo psicológico, social, familiar, afectivo,
conductual, etc. que, en la sociedad actual, precisan de una especial atención
profesional ya desde muy temprana edad. En todos los casos y particularmente en
el último grupo señalado, será necesario desarrollar una triple intervención
respecto al niño-familia-entorno, como objetivos directos de la AT.
En los dos primeros bloques señalados (discapacidades manifiestas y
estados previos), en los que el factor biológico es preponderante, sentar los
criterios básicos para una detección precoz/temprana corresponde evidentemente
a los profesionales o agentes de AT en el área sanitaria. Sin embargo, con
respecto al último grupo arriba señalado (psico-social), las aportaciones y la
experiencia de los profesionales que intervienen en dichos sectores (psicólogos,
pedagogos, terapeutas de AT, monitores y profesores de educación infantil,
etc.), deberían desempeñar un papel más activo, aportando criterios claros y
definidos sobre posibles indicadores y signos de alerta que, procedentes del
campo psico-social, contribuyan a una detección más completa y eficaz en AT.
Esta propuesta es avalada por la constatación de la tardanza que se produce en
las consideradas deficiencias menores, especialmente en las situaciones de
riesgo socioambiental, que con frecuencia no tienen un fácil acceso a los
servicios especializados en intervención temprana (García Sánchez, 2002).
Tratar de profundizar en el análisis de qué debe ser o no
objeto específico de intervención desde la óptica de una detección
temprana eficaz por parte de los posibles recursos, conduce nuevamente a la búsqueda
e implantación realista de criterios técnicos comunes en la actuación
profesional cotidiana en AT. Es decir: Consenso, corresponsabilidad,
continuidad, coordinación, comunicación, integración, seguimiento, etc.
En la línea que se viene demandando y como muestra de aplicación práctica,
se puede citar una experiencia-propuesta de coordinación de recursos
socio-sanitarios en AT en la zona de Osuna-Estepa-Ecija (Sevilla), en la que se
concreta un posible protoloco para la detección precoz de determinadas
situaciones de riesgo bio-psico-social (para más detalle ver Díaz Maysounave,
2001a).
Una vez desarrollados los principales elementos que conforman lo que
podemos entender como el proceso básico de la detección en AT, puede ser
interesante aportar algunas reflexiones en torno a factores decisivos para la
mayor o menor efectividad de dicho proceso.
|
Factores
asociados a la efectividad del proceso
de detección en AT |
|
|
Al analizar los recursos específicos de detección temprana, se citaba
la importancia de la formación e información (D) de dichos colectivos.
Resulta evidente que, cuando dichos aspectos formativos e informativos no se
encuentran suficientemente desarrollados, pueden aparecer o mostrarse
determinadas actitudes que, lejos de favorecer la disminución de las
condiciones de riesgo y los efectos positivos de una intervención precoz,
contribuyen a agravar riesgos y dificultades innecesarias en el niño, así como
a incrementar la incertidumbre y desorientación del entorno socio-familiar.
Entre las tendencias erróneas que se perciben entre los diversos agentes
o recursos relacionados con la AT en la vertiente de la prevención secundaria,
podemos relacionar las siguientes:
-
Considerar
cubiertas las necesidades fundamentales de la familia en cuestión con la
actuación propia, no contemplando la
necesidad de intervención complementaria de otros servicios de AT.
-
Estimar
la cabida de alternativas interdisciplinares como inhibición de la intervención
o responsabilidad propia; como
limitación profesional mal entendida; como intromisión externa o, simplemente,
desconfiar de la incorporación de ellas a la rutina profesional habitual.
-
Seguir
criterios fluctuantes, poco claros e inconsistentes en las actuaciones.
-
Actuar
generalmente ante compromisos personales en relación a familiares u otros
profesionales, por voluntarismo propio, y no por criterios puramente objetivos.
-
Aplazar
las actuaciones sin un sentido claro, banalizando
las situaciones de duda familiar y contemporizando los riesgos con razonamientos
poco consistentes (“es muy pequeño”; “ya se le pasará”; “no se
preocupe, con el tiempo...”).
-
Aplazar
las actuaciones hasta que se obtenga un diagnóstico clínico suficientemente
claro y contrastado. La experiencia nos dice que en AT y ante determinadas
circunstancias, este hecho suele demorarse bastante en el tiempo e incluso a
veces eternizarse, diluyéndose su verdadera función en la práctica, siendo de
mayor utilidad partir de una información funcional básica y comprensiva de la
problemática en cuestión.
-
Reducir
o interpretar sistemáticamente determinados motivos de consulta, relacionadas
generalmente con dificultades de lenguaje o comunicación en los niños, como un
exceso de ansiedad familiar.
-
Atribuir
genéricamente la manifestación de cualquier problemática psico-social a
pautas o errores educativos de la familia, sin considerar además otras
posibilidades de valoración o intervención terapéutica.
-
Demorar
o delegar la responsabilidad de comunicar determinadas informaciones, esperando
que sean “otros” quienes aporten los datos o el diagnóstico oportuno que la
familia no parece percibir o interpretar correctamente.
-
“Olvidar”
que se dan realmente problemas comunicativos,
afectivos, sociales, conductuales, psicológicos, ... desde muy temprana edad,
desestimando padecimientos en el niño y su familia.
-
Mostrar
resistencia a que se inicie un proceso diagnóstico o terapéutico temprano, a
pesar de apreciar motivos para ello, con fines “protectores” (evitar
“etiquetajes”, itinerarios a seguir, etc.).
Este tipo de circunstancias impiden o dificultan la pretensión de que la familia, junto a los diferentes especialistas o profesionales que intervienen en AT, puedan convertirse en agentes de un proceso integral que, en último término, persigue contribuir a la maduración temprana del niño aprovechando la mayor plasticidad neuromotora y conductual de los primeros años de vida (Alonso, 1997, Mendieta y García Sánchez, 1998).
Las
actitudes y tendencias erróneas antes señaladas, cada vez menos frecuentes y más
aisladas entre los profesionales relacionados con la detección temprana, se
alimentan de una serie de carencias o limitaciones estructurales o de base que
afectan, con demasiada frecuencia, al funcionamiento habitual de los
servicios relacionados con la AT. En concreto, existen factores decisivos de planificación
y organización básica (E) como:
-
Ausencia
de un referente o sistema global de actuación entre los diferentes ámbitos
ligados a la AT (social-sanitario-educativo) que, desde la visión de la
corresponsabilidad y la integración de servicios, facilite mecanismos y
estrategias comunes de actuación intersectorial.
-
Limitación,
dispersión o desconocimiento general de programas específicos de detección y
de sistemas técnicos acordes, suficientemente implantados, generalizados y
respaldados institucionalmente por los diferentes sectores implicados en la
detección.
-
Escasa
difusión e implantación generalizada de medios técnicos que establecen con
claridad criterios o indicadores específicos de riesgo ante determinadas
situaciones (por ejemplo: instrumentos para la detección temprana del autismo y
los trastornos generalizados del desarrollo).
-
En
ocasiones, multiplicidad o dispersión de actuaciones profesionales sin una
coordinación clara y estable.
-
Habitualmente,
limitación en los recursos humanos y profesionales que son necesarios para una
atención de calidad, no siendo efectiva la actuación de verdaderos equipos
interdisciplinares y sí de terapeutas individuales o monodisciplinares.
-
Con
frecuencia, enorme complejidad y espaciamiento temporal en los itinerarios a
seguir por la familia, desde que se inicia el proceso de detección hasta que se
desarrolla efectivamente la intervención.
-
Escasa
facilidad en los trámites administrativos que proporcionan el acceso directo e
inmediato a los servicios o centros de AT. En muchas ocasiones, estos trámites
burocráticos traban y retardan innecesariamente las intervenciones que se
derivan y justifican una detección temprana previa (por ejemplo: tener que
solicitar y esperar -“meses”- el reconocimiento de la condición de minusvalía
para iniciar la AT propiamente).
-
Deficiencias
en el conocimiento y la comunicación regular entre servicios diferentes que actúan
sobre una misma población de referencia (naturaleza, vías de acceso,
objetivos, características de funcionamiento, etc.).
-
Ausencia
de contactos directos y seguimientos periódicos entre los distintos agentes que
intervienen complementariamente en la
atención del niño y su familia.
-
Necesidad
de potenciar estrategias y canales más eficaces y fluidos de comunicación
interprofesional e intersectorial que potencien las principales vertientes de la
AT: prevención, detección e intervención.
-
Con
frecuencia, cambios sistemáticos periódicos de colectivos estratégicos claves
para la detección precoz en AT, como por ejemplo son los profesionales de
pediatría, particularmente en atención primaria. Una excesiva fluctuación de
estos profesionales exige una actualización constante en la información,
comunicación y coordinación interprofesional e intersectorial; esfuerzo que
normalmente realizan los servicios directos de AT a iniciativa propia, cuando
les es posible, sin respaldo oficial alguno y no siempre con resultado
satisfactorio.
Además
de los aspectos hasta aquí señalados, existen otros factores decisivos para la
efectividad de la detección temprana, que se derivan del tipo de comunicación
que se establece entre el profesional y la familia (F). En este sentido, dos
variables son fundamentales: 1) Qué información y cómo se transmite por parte
del profesional y 2) cómo ésta es percibida, asimilada o aceptada por el
entorno socio-familiar que rodea al niño con trastornos en el desarrollo en
situación de riesgo.
Es
de destacar que las familias valoran especialmente la forma en que se les
comunica el diagnóstico y la importancia de cuidar todo el proceso informativo
y el modo de llevarlo a cabo, incluyendo la atención de los profesionales, los
espacios y los momentos seleccionados (GAT, 2000).
En
este contexto, parece obvio afirmar que no es indiferente la actitud y
sensibilidad del profesional ni las estrategias que utilice para abordar
determinadas situaciones que son potencialmente conflictivas y delicadas para la
familia que se encuentra en estas circunstancias (Díaz Maysounave, 2001b).
Igualmente, factores como la gravedad
del trastorno, el grado de conocimiento o conciencia del problema, el
nivel de ansiedad familiar, los sentimientos emergentes, las actitudes de
aceptación o rechazo, la madurez y capacidad general de asimilación, etc. de
quienes reciben la información, condicionan indudablemente el tipo de respuesta
que se obtiene finalmente.
En
el apartado de la comunicación de la información que motiva la detección
temprana se pueden relacionar algunas variables que pueden facilitarla. Con
respecto al contenido de la misma, se
valora como “buena información” aquella que es:
§
Clara,
comprensible.
§
No
contradictoria.
§
Descriptiva
y concreta en determinados aspectos.
§
Global
en la visión de conjunto.
§
Realista.
§
Que
considere objetivos a corto plazo.
§
Funcional,
práctica.
§
Que
facilite otras intervenciones o posibilidades terapéuticas con una finalidad
integral.
§
Basada
en procesos evolutivos (pronóstico, expectativas).
§
Que
aclare dudas y temores puntuales familiares.
§
Adaptada
a la realidad del niño, su familia y su entorno.
§
Abierta
y disponible a nuevas aclaraciones, preocupaciones y miedos emergentes en la
familia.
§
Abierta
y disponible a una comunicación interdisciplinar e intersectorial habitual.
Estas
condiciones favorables de la comunicación hacia la familia deberán entenderse
en la dinámica de un proceso asistencial que también contemple como elementos
importantes las variables propias del contexto en el que tiene lugar
dicho proceso. Entre otros, son factores favorecedores:
§
El
cuidado y adecuación del entorno físico (espacio y lugar apropiados).
§
Seleccionar
el momento.
§
Cuidar
la privacidad.
§
Buscar
la simultaneidad en la información que el padre y la madre reciban.
§
Ofrecer
la estabilidad de un mismo profesional de referencia.
§
Permitir
el fácil acceso a la comunicación con dicho profesional.
En
determinadas ocasiones, ante situaciones o circunstancias familiares
especialmente graves o conflictivas, se hace necesaria la presencia de
profesionales expertos en dichos abordajes, o bien la posibilidad de contar con
recursos sociales de formación y sensibilidad equivalente (Díaz Maysounave,
2001b).
De
todo lo expuesto hasta aquí, se deduce la necesidad de profundizar en
determinados aspectos y sugerencias destinadas a incrementar las prestaciones
efectivas en el campo de la detección temprana o prevención secundaria y por
extensión, de la AT en su conjunto. El cuadro que se acompaña (página
siguiente) trata de resumir y concretar algunas implicaciones o propuestas específicas
que faciliten el desarrollo material de dicho proceso.
|
Propuestas
de actuación-mejora para la efectividad de la detección en AT |
|
·
Potenciar
globalmente la formación e información actualizada de profesionales y
servicios en el ámbito de la AT. ·
Partir
de la corresponsabilidad y la integración de servicios
y funciones como filosofía de trabajo habitual. ·
Enriquecer
las actuaciones profesionales propias con aportaciones
complementarias de otros campos de trabajo.
·
Potenciar
el funcionamiento de verdaderos equipos interdisciplinares en AT y el
trabajo en equipo. ·
Unificar
criterios y pautas básicas de intervención para la continuidad de las
actuaciones (prevención, valoración, diagnóstico, derivación,
tratamiento, seguimiento). ·
Acordar
metas y objetivos teórico-prácticos concretos. ·
Distribuir
funciones y objetivos específicos de forma consensuada. ·
Potenciar
el uso racional y coordinado de los recursos en AT (evitar
desdoblamientos, dispersión de acciones, etc.). ·
Dar
prioridad a los diagnósticos funcionales sobre los puramente clínicos,
favoreciendo las actuaciones especialmente en las situaciones de riesgo,
estados previos o indeterminados, sospechas genéricas, etc. ·
Estudiar
y desarrollar mecanismos o estrategias concretas de coordinación entre
profesionales de actuación complementaria. ·
Fomentar
procesos estructurados comunes (programas) adaptados a las diferentes
realidades de sectores y servicios. ·
Definir
sistemas o protocolos técnicos de uso común para las diferentes fases
posibles de actuación. ·
Enriquecer
con aportaciones del campo psico-social los criterios de actuación
relativos a la detección temprana propios del campo sanitario. ·
Facilitar
vías fluidas de comunicación interprofesional. ·
Estabilizar
las dinámicas de coordinación con actuaciones periódicas de
seguimiento y evaluación. ·
Impulsar
el uso de instrumentos oficiales que respalden actuaciones de cooperación
y colaboración de recursos intersectoriales
(convenios, acuerdos inter-institucionales, etc.). ·
Cuidar
especialmente la comunicación (contenido y contexto) de determinadas
informaciones del profesional a la familia. ·
Agilizar
sobremanera los procesos que se derivan de la detección precoz. Básicamente,
el diagnóstico y tratamiento temprano (rapidez, simplificación y
reducción de trámites, itinerarios, etc.). |
Tratar de
analizar las actividades correspondientes a la detección precoz de
discapacidades o situaciones de alto riesgo en general, de forma separada del
resto de vertientes básicas de la AT (prevención e intervención) es,
probablemente, un difícil y artificioso ejercicio teórico. Sin embargo, es
claro que toda intervención productiva en AT está supeditada a la mayor o
menor eficacia de esta fase fundamental, convirtiéndose en la “llave” que
abre la puerta de todas las posibles actuaciones que pueden desplegarse tras
ella: información a la familia, estudios y valoraciones complementarias,
diagnóstico, implicación de otros servicios específicos, pronóstico,
expectativas, intervención sobre el niño-familia-entorno, seguimiento de la
evolución, integración socio-familiar, evaluación, ...
Dada
la compleja naturaleza de la AT con competencias de los diferentes ámbitos
implicados (social, sanitario, educativo) y sin que exista un modelo global que
proporcione el marco o los sistemas de referencia necesarios, el modo en que se
concretan las vertientes principales de intervención de AT en la práctica y en
concreto, la fase de la detección temprana aquí analizada, pueden mostrar una
variabilidad y dispersión de realidades poco recomendable si, en definitiva, se
pretende actualmente avanzar hacia el aumento en la calidad y la eficacia de las
intervenciones.
La
mejora de las prestaciones de los de los servicios implicados en AT y
concretamente en el proceso de detección temprana (¿cómo conseguir que la
detección temprana se desarrolle del modo más efectivo posible? / ¿cómo
mejorar las prestaciones de los servicios implicados en la misma?), parecen
pasar ineludiblemente por el desarrollo de políticas sociales, sanitarias y
educativas basadas en la cooperación, coordinación e integración de recursos.
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Modelo Integral de Intervención. Siglo Cero, 32 (2). 5-14.
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Mendieta,
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temprana: organización y coordinación de servicios. Siglo Cero, 29,
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